Poeta, nunca poeta. Notas sobre la vida de Jaime Sabines Gutiérrez
Claudia G. Pérez, Gestora Cultural, FILPM
I.
Hijo de Julio, un libanés que recorrió mares y desiertos hasta llegar a Chiapas, Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez. Creció entre ríos y montes, en una casa donde la palabra era herencia.
Antes de dormir, mientras su padre le contaba de memoria Las mil y una noches, encontró su primer vínculo con la imaginación y el asombro. El rumor del río, los atardeceres de Chiapas y las historias que habitaban la casa templaron su sensibilidad y forjaron -desde ahí, desde entonces- su relación con el lenguaje.
La muerte tocó pronto a su puerta: su amigo Antonio Borges, se estrelló en el Iztaccíhuatl, marcando un punto de inflexión en su escritura. Sabines comprendió que la poesía sería una forma de duelo y de renacimiento.
Estudió Medicina en la Ciudad de México, pero comprendió pronto que no quería curar cuerpos, sino sanar las heridas del alma. Abandonó la carrera, regresó a Chiapas y trabajó en la tienda de su hermano, El Modelo. Desde ahí empezó a observar el mundo con la mirada que lo acompañaría siempre: una mezcla de realidad, ironía y dolor.
En 1949 volvió a la capital e ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras, donde la palabra se le reveló como destino. Una noche de insomnio escribió lo que sería su primer libro, Horal; de sesenta y cuatro poemas sobrevivieron dieciocho, escritos sin correcciones, en el primer intento. Surgía entonces un poeta leal a la fragilidad humana.
Fue en esos años que conoció a su admirado Pablo Neruda. El encuentro no fue como había imaginado; escuchó, observó y se retiró en silencio. Pensó entonces que, si el destino de uno de los poetas más relevantes de latinoamérica era colocar un bote para pedir donativos, poco podía esperar él mismo si pretendía dedicarse a la escritura
II.
En 1953 se casó con Josefa Rodríguez Zebadúa, doña Chepita, su amor de juventud y su compañía de vida. Durante sus viajes le escribía cartas en las que el amor se hacía plegaria: “Quisiera estar junto a ti, para decir sobre tu oído: te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y repetirlo constantemente, infinitamente, hasta que te cansaras tú de oírlo pero no yo de pronunciarlo”. (Los amorosos. Cartas a Chepita, Editorial Planeta, p. 36)
En Josefa encontró a la mujer amada, y también el sostén cotidiano, la raíz del hogar y la fuente silenciosa de su ternura poética.
Sabines vivió en el alcohol y las mujeres sus dos mayores extravíos. La fidelidad nunca lo distinguió; fueron varias las musas que marcaron su vida y su obra.
III.
Con Chepita tuvo cuatro hijos: Julio, Julieta, Judith y Jazmín. Continuó la tradición que inició su padre de nombres que iniciaban con “J”. Durante el embarazo de su primer hijo escribió Tarumba, un canto vitalista, de humor y asombro, que el poeta concibió como un diálogo con la vida que nacía:
“Un texto que nadie entendió en su momento porque sus verdaderos lectores apenas estaban naciendo”, diría José Emilio Pacheco. (Algo sobre su vida, Plaza & Janés p. 87).
Más tarde, con Gloria Córdova Vera, tuvo otros cuatro hijos: Jorge, Juan, Jaime y Susana Sofía Sabines. Con ella inició una nueva tradición: la de los nombres con tres “S”.
Después de vender la tienda familiar, trabajó en una fábrica de alimentos junto a su hermano. De aquellos años diría, con su característico humor: “De una cosa estoy seguro: yo soy el único poeta que ha trabajado en serio, que no ha vivido para nada del trabajo intelectual”. (Jaime Sabines. Algo sobre su vida, Plaza & Janés, p. 111)
Su obra Diario semanario y poemas en prosa (1961) nació como desahogo después de Tarumba, una especie de espejo interior donde el poeta se enfrentaba a sí mismo. (op. cit., p. 84)
IV.
“Sabines decide ser fuerza de la naturaleza”, escribió Carlos Monsiváis en 1966, “¿para qué respetar, para qué afirmar, para qué perfeccionar? El poema vuelve a ser acto, hijo del rencor y la amargura legitimados por su intensidad”. (op. cit., p. 134)
Esa fuerza, a veces furia, a veces ternura, define su poesía: humana, inmediata, encarnada. Yuria, Yuria fue descrito por él mismo como algo que “no quiere decir nada. Es todo: es el amor, es el viento, es la noche, es el amanecer. Podría ser un país, o también una enfermedad: hace tiempo que padecen yuria”.
El crítico Jomi García Ascot lo resumió con lucidez: “No estamos ante una poesía humanista, sino humana. Sabines no es un poeta realista, sino un poeta de la realidad, lo cual es muy diferente. A un poeta así no se le admira, se le dan las gracias”. (op. cit., p. 139)
Su relación con la muerte alcanzó su punto más desgarrador con Algo sobre la muerte del mayor Sabines: “Es un poema que salió como un borbotón de sangre y absolutamente fuera de cualquier pretensión literaria. Lo escribí porque era necesario, porque se me imponía, porque estaba allí”. (op. cit., p. 152). Y es el poema del que menos le gustaba hablar...
V.
“Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría”.
(Recuento de poemas 1950/1993, Jaime Sabines, p. 369)
VI.
“Te enterramos ayer.
Ayer te enterramos.
Te echamos tierra ayer.
Quedaste en la tierra ayer.
Estás rodeado de tierra desde ayer”.
(op. cit., p. 376)
En 1996, durante el homenaje que le rindieron en la sala principal del Palacio de Bellas Artes por su cumpleaños número sesenta, comenzó con la humildad que siempre lo acompañó: “Estos son aplausos que lo lastiman a uno”, dijo con el temblor en las manos, antes de dar lectura -”en el orden en que fueron saliendo”- a algunos de los textos más representativos de su obra.
El 19 de marzo de 1999 falleció Jaime Sabines, poeta sin pretensiones de serlo, quien pidió expresamente no ser velado en Bellas Artes. Deseaba una muerte sencilla, tan serena y humana como su vida, tan llena de amor como sus versos.
Epílogo
A cien años de su nacimiento, Jaime Sabines sigue siendo un poeta profundamente humano: hijo del relato, entusiasta del amor, hombre que habitó la palabra entre la ternura y el dolor. No quiso ser monumento ni escuela, sino testigo.
Entre la palabra y el silencio, entre el cuerpo y el alma, Sabines fue, es y seguirá siendo, poeta —nunca poeta—, siempre humano.



