Armida de la Vara y Robles: la escritura como tejido
Claudia G. Pérez, Gestora Cultural, FILPM
I.
En el corazón del desierto sonorense, en un pueblo sostenido por el canto del viento y el ritmo silente de las horas, nació Armida de la Vara y Robles. El 1 de enero de 1926, Opodepe la recibió como a la luz: con el silencio profundo de las mañanas y el olor antiguo de la tierra recién despierta. Abrió ahí los ojos a un mundo de sombras frescas, callejones polvorientos y rumor de animales madrugadores.
Pero la verdadera casa de su infancia tuvo nombre y latido: Asunción Robles Matas, su madre. Chonita —como todos la llamaban— mujer fuerte y luminosa, marcada por la orfandad temprana y una vida tejida entre trabajo, determinación y ternura. Había aprendido a cuidar, sostener y encaminar a los suyos aún con el viento en contra. Su creatividad desbordada inventaba palabras cuando las existentes no bastaban; su ingenio encontraba siempre la forma justa de nombrar el mundo. Para Armida fue origen, resguardo y brújula.
Esa figura materna de carácter firme, amor, silencioso y decisiones profundas, quedó grabada para siempre en la memoria de la escritora. Años más tarde, cuando la distancia y el tiempo cobraron su precio, Armida volvió a ella a través del poema, como quien toca una puerta que nunca se cierra. Dejó escrito:
¿Qué acaso no es tu sangre esta mi sangre?
¿Acaso si respiro
y si canto y si pienso y si amar puedo
no es porque tu cariño
se hizo cuerpo para que yo naciera?
La infancia fue su primera escuela: un tiempo sin prisa, midiendo los días con la vara de la imaginación —el humo filtrándose bajo la puerta, el trote de un caballo, el crujido de una carreta que regresaba del campo. En esa cotidianidad sencilla, Armida descubrió el territorio más íntimo de su escritura: el paisaje como memoria, el silencio como raíz y el recuerdo como brújula.
La influencia de su padre fue, quizá, aún más determinante. Juan de Dios leía todas las noches antes de dormir —poesía e historia francesa, principalmente— y Armida escuchaba aquel ritual luminoso. Después venía su turno: él le pedía leer en voz alta y le explicaba el significado de las palabras desconocidas. Ahí nació su amor por la lectura, por la cadencia de la voz que piensa y la palabra que abre mundos.
Opodepe —esa pequeña matria que evocaba “entre la ensoñación y la añoranza”— moldeó su sensibilidad para siempre. Aprendió que la vida podía contenerse en gestos mínimos: una tortilla recién hecha, el agua lanzada al pie del frutal, la voz del padre llamando al trabajo, el canto del gallo abriendo el horizonte. Y también, en la labor incansable de su madre, descubrió el pulso íntimo de la fortaleza: la mujer que sostenía el hogar mientras la vida seguía su curso áspero en el desierto.
II.
Armida, una mujer que entendió la vida como un tejido de presencias, comprendió que, amor, pensamiento y escritura, se entrelazan sin anularse. Desde joven reconoció que su vocación por la palabra no se sostuvo aisladamente, sino a través del contacto: leer con otros, dialogar con voces del pasado, compartir tiempo con quienes la rodearon.
El amor apareció en su escritura como un espacio de aprendizaje y de prueba. No lo pensaba como refugio absoluto ni como destino cerrado, sino como una relación que iluminaba y tensaba la experiencia de estar en el mundo. Amar significa abrirse al otro sin disolverse en él, conservar una conciencia propia dentro del vínculo. En sus poemas, el amor fluye como un río que a veces se acerca y a veces se retira, pero que siempre deja una huella de conocimiento.
Durante su vida en pareja con el historiador Luis González y González, Armida corrigió manuscritos, afinó el lenguaje, cuidó coherencia y precisión en sus textos. En ese intercambio silencioso, la figura de la esposa no ocupó el centro de su identidad literaria. Apareció como uno de los vínculos del tejido vital, nunca como su definición total. En su obra, el amor se piensa claro y sin quejas. Armida entendió que los vínculos humanos podían transformarse sin desaparecer del todo, y que también de esas mutaciones nace la escritura.
III.
Armida, una mujer que entendió la vida como un tejido de presencias, manejó la escritura como espacio donde esos hilos se tornan visibles. Escribió para nombrar los gestos mínimos de la vida cotidiana, para enlazar pasado y presente sin borrar sus tensiones. Su obra se construye desde la relación: territorio-historia-lectores- generaciones que venían detrás.
Desde su primer poemario —Canto Rodado, premiado a los 22 años— en la juventud, su voz se distinguió por una claridad que usaba como referencia la tierra. Sus versos no buscaron excesos, sino precisión; no grandilocuencia, sino ritmo íntimo de lo vivido. Desierto, infancia, silencio y recuerdo, aparecieron como materias sensibles que se transformaron en palabra. Armida no escribió sobre el paisaje: escribió desde él, como quien habla desde un lugar que le ha formado.
En obras como La creciente, su escritura transitó entre la historia y la literatura sin establecer fronteras rígidas. Entendió que la memoria colectiva también necesitaba imaginación para permanecer viva, y que la historia podía narrarse con sensibilidad sin perder precisión.
En Itinerario, Armida reflexionó sobre su propio trayecto vital y literario. Reconoció las múltiples dimensiones que la conformaron —mujer, escritora, maestra, lectora— como partes de un mismo entramado. No jerarquizó estas identidades, pero dejó ver que la escritura articulaba todas las demás. Escribir fue una forma en que comprendió su lugar en el mundo y su responsabilidad frente a los otros.
Una parte esencial de ese tejido se encontró en su trabajo para los Libros de texto gratuitos de la Secretaría de Educación Pública. Allí escribió para infancias con una mezcla de rigor y ternura. Consideró ese trabajo un privilegio, porque le permitió acompañar los primeros encuentros de niños con la lectura. Sus cuentos y relatos no subestimaban al lector joven; confiaban en su capacidad de asombro y de pensamiento.
En esos textos, Armida tendió un puente entre generaciones. La escritura como gesto de cuidado o una forma de decir: alguien piensa en ti al escribir estas palabras. Para ella, educar y escribir son parte de una misma ética: compartir lo andado, abrir posibilidades, encender una chispa.
Hacia el final de su vida —que se apagó el 16 de septiembre de 1998, en San José de Gracia Michoacán— permaneció en ella el deseo de volver a Opodepe, su “pequeña matria”. Ese anhelo no se resolvía como nostalgia pasiva, sino como una presencia constante en su obra. Desde la distancia, siguió tejiendo palabras que la devolvieron al origen. Así, su escritura continuó haciendo visible aquello que apenas respira: la vida entendida como un entramado de personas, memorias y voces compartidas.
Diez momentos relevantes en la vida de Armida de la Vara y Robles
- En 1926, nace en Opodepe, Sonora, en el corazón del semidesierto.
- Infancia: Crece entre paisajes rurales, sonidos domésticos y la memoria ópata que más tarde nutrirá su obra.
- Adolescencia: Se traslada a Hermosillo para continuar sus estudios.
- Juventud temprana: Publica sus primeros versos a los 18 años.
- En 1947 gana el cuarto Concurso del Libro Sonorense con Canto Rodado.
- 1950-1960: Produce narrativa histórica y textos pedagógicos.
- 1972 a 1978: Colabora con cuentos y textos de narrativa histórica para los libros de texto gratuitos de la SEP.
- En 1979 publica La creciente, obra híbrida entre historia y literatura.Junto a Luis González, funda El Colegio de Michoacán.
- Entre 1982 y 1988 publica Sonora: vientos prósperos sobre el desierto, y se consolida como referente de la escritura en la identidad sonorense.
- En 1985: Se publica Itinerario, antología fundamental que revela la amplitud de su obra.
Epígrafe final
Toda tú eres canción y ritmo y nota hecha transformación. (Itinerario, p. 19). En el desierto donde la luz se posa como presagio, su voz aprendió a volver visible lo que apenas respira. Entre memoria y viento, Armida dejó un resplandor que aún acompaña.



